Sembramos semillas de paz en la frontera norte

Conoce la historia de Carol, Darwin y Tanya, tres niños de una comunidad rural de Esmeraldas, donde UNICEF trabaja para que las escuelas sean espacios donde aprendan más y sean felices.

UNICEF trabaja para que las escuelas uni y bidocentes de Esmeraldas sean espacios donde haya más aprendizaje, protección y felicidad.

 ©UNICEF/ECU/2018/Vallejo “Es bonito estudiar. Mi cuento favorito es El Patito Feo”. Darwin, 11 años.
©UNICEF/ECU/2018/Vallejo
“Es bonito estudiar. Mi cuento favorito es El Patito Feo”. Darwin, 11 años.

©UNICEF/ECU/2018/Vallejo “Me gusta ir a la escuela porque aprendo a leer, escribir y jugar”. Carol, 12 años.
©UNICEF/ECU/2018/Vallejo
“Me gusta ir a la escuela porque aprendo a leer, escribir y jugar”. Carol, 12 años.

Darwin, de 11 años, quiere ser policía para cuidar a las personas. Carol, de 12 años, sueña con ser abogada y defender a quienes estén en problemas. Tanya, también de esta edad, desea ser profesora en San Antonio, un recinto rodeado de manglar donde viven los tres y que es parte del cantón San Lorenzo, en Esmeraldas.

Sin embargo, en comunidades de la frontera norte de Ecuador como esta, los sueños de niños como Darwin, Carol y Tanya se ven amenazados por la falta de oportunidades y la violencia. En esas zonas donde escasean el agua segura, los servicios de salud y la alimentación adecuada, UNICEF no solo busca que los niños estudien, sino que las escuelas se conviertan en espacios donde aprendan más y mejor, donde se diviertan y jueguen, donde se atrevan a opinar y crear. Donde los niños realmente puedan ser niños.

©UNICEF/ECU/2018/Vallejo “Este proyecto que nos ha brindado herramientas valiosas para mejorar nuestro trabajo y ayudar a que los estudiantes sean más reflexivos, críticos, autónomos y creen su propio conocimiento”, dice Janner Reascos (celeste).
©UNICEF/ECU/2018/Vallejo
“Este proyecto que nos ha brindado herramientas valiosas para mejorar nuestro trabajo y ayudar a que los estudiantes sean más reflexivos, críticos, autónomos y creen su propio conocimiento”, dice Janner Reascos (celeste).

Para que eso suceda, el primer paso es trabajar con los docentes. Junto con el Ministerio de Educación y sus socios, UNICEF con el apoyo de Diners Club del Ecuador, ha emprendido el Programa de Escuelas Unidocentes y Bidocentes de Esmeraldas desde julio de 2018, que ha cubierto a 194 comunidades rurales y 5.447 niños y niñas de Esmeraldas. Gracias a esta estrategia, 257 docentes y 12 técnicos de acompañamiento fueron capacitados para que repliquen sus conocimientos y acompañen a los docentes en las aulas. Cada técnico acompañante acude semanalmente a las escuelas, observa cómo se desarrollan las clases, hace ejercicios demostrativos, trabaja con cada profesor para mejorar los métodos y conversa con los niños para conocer cómo están.

©UNICEF/ECU/2018/Vallejo Sugey, profesora de la escuela unidocente de San Antonio, se dio cuenta que las familias de sus estudiantes no sabían leer ni escribir, por lo que empezó a alfabetizarlas durante las tardes.
©UNICEF/ECU/2018/Vallejo
Sugey, profesora de la escuela unidocente de San Antonio, se dio cuenta que las familias de sus estudiantes no sabían leer ni escribir, por lo que empezó a alfabetizarlas durante las tardes.

“Este es el camino correcto para que las escuelas del campo y las comunidades más alejadas no se sientan olvidadas. Nuestro trabajo consiste en acompañar al docente para que ya no esté solo y que adquiera herramientas valiosas que benefician a los niños”, dice Janner Reascos, técnico acompañante de los docentes que es parte de este programa.

Sugey Cabezas es una de las profesoras a quienes esta iniciativa ha cambiado la vida. Cada mañana ella toma una lancha desde San Lorenzo para ir a la escuela unidocente Zamora Chinchipe en San Antonio, donde estudian Darwin, Carol y Tanya. Es la única profesora en esa institución y por el compromiso con los 20 niños de entre 6 y 12 años de edad que están en su aula, costea de su bolsillo el combustible y el motor de la pequeña embarcación.

 ©UNICEF/ECU/2018/Vallejo “Ahora la escuela es más divertida. Quiero ir a clases todos los días". Tanya, 12 años.
©UNICEF/ECU/2018/Vallejo
“Ahora la escuela es más divertida. Quiero ir a clases todos los días”. Tanya, 12 años.

Es un desafío enseñar en escuelas uni o bidocentes. No solo por la dificultad de tener en una sola clase a estudiantes de distintos niveles, sino porque ellos muchas veces llegan sin haber comido, con zapatos y ropa en mal estado, y cargados de tristeza o estrés por las dificultades de su vida. Frente a esto, el Programa de Escuelas Uni y Bidocentes busca que los niños sean más felices, sientan que la escuela es un lugar seguro y tengan ganas de estudiar.

“Antes teníamos que hacer una planificación para cada estudiante. Todo era seguir las planas y copiar el modelo. No era un aprendizaje lógico ni significativo. Ahora todos hacen una misma actividad, todos participan, todos juegan. Ahora el aprendizaje es comprensivo, crítico, analítico y creativo”, comenta Sugey, quien en los talleres y en las jornadas de acompañamiento ha aprendido a utilizar juegos, canciones e historias para enseñar.

©UNICEF/ECU/2018/Vallejo En comunidades rurales de San Lorenzo, los niños no cuentan con agua segura, por eso es importante que aprendan hábitos saludables de higiene y consumo.
©UNICEF/ECU/2018/Vallejo
En comunidades rurales de San Lorenzo, los niños no cuentan con agua segura, por eso es importante que aprendan hábitos saludables de higiene y consumo.

Sugey también utiliza preguntas para despertar la curiosidad y ha incluido un elemento fundamental: el cariño. “Ahora la escuela es más divertida. La profe nos hace dibujar, pintar y celebramos el cumpleaños de cada estudiante”, dice Tanya. “Me encanta aprender a escribir y me gusta mucho la profe porque no es aburrida y no nos pega”, opina Carol.

El método para enseñar a leer y escribir también cambió de silábico a fonético y se utilizan estrategias para que los niños entiendan los diferentes niveles de significado que tienen las palabras. Los resultados son visibles: “Los niños han mejorado en la lectura y la escritura. Sobre todo, porque ha bajado la tensión que tenían. Con menos regaños, los niños están más estimulados a aprender”, comenta la profesora de 38 años, que al final de la jornada se despide con un abrazo de cada estudiante.

©UNICEF/ECU/2018/Vallejo El padre José Antonio Maeso, de Fundación Nación de Paz, juega al paracaídas con los niños del recinto La Alegría. Con el apoyo de UNICEF, él desarrolló la guía para docentes “Tesoro de Pazita”, que se utiliza en el Programa de Acompañamiento Pedagógico para que los niños puedan desarrollar habilidades emocionales, sociales y cognitivas a través del juego.
©UNICEF/ECU/2018/Vallejo
El padre José Antonio Maeso, de Fundación Nación de Paz, juega al paracaídas con los niños del recinto La Alegría. Con el apoyo de UNICEF, él desarrolló la guía para docentes “Tesoro de Pazita”, que se utiliza en el Programa de Acompañamiento Pedagógico para que los niños puedan desarrollar habilidades emocionales, sociales y cognitivas a través del juego.

Además de los conocimientos en lenguaje y matemáticas, el énfasis está en que los niños aprendan a manejar sus emociones, conozcan sus derechos, resuelvan los conflictos sin violencia, respeten a los demás y cultiven hábitos saludables de alimentación e higiene. Esto es trascendental en un lugar como Esmeraldas, donde el acceso a agua limpia aún es una deuda pendiente, donde la violencia es una amenaza latente y donde persiste el menor índice de alfabetismo del país.