La vida de Micaela, de 12 años, se sacudió el pasado 16 de abril, cuando un terremoto de 7,8 grados azotó Pedernales, la localidad de la provincia de Manabí donde vive con su familia.

Miedo. Así describe Micaela los segundos en que tembló la tierra. Con sus hermanos se metió debajo de una mesa y después huyeron hacia una zona alta por temor a un tsunami. Desde entonces viven en una cabaña prestada.

“Espero que nos ayuden, especialmente a los niños”, decía Micaela en el estadio Maximino Puertas, que sirvió de centro de operaciones de emergencia. Ella llegó hasta ahí con su familia para buscar agua, comida, contención emocional.

Sin energía eléctrica, las noches eran angustiosas. Más aún cuando la tierra volvía a mecerse. “Estos temblores son terribles. Las réplicas las viví muy mal, donde estábamos parecía que todo se iba a caer”. Pero poco a poco el miedo cede espacio a la esperanza: “Quiero que haya calma para toda la gente”. Micaela no quiere perder el año escolar y sueña con volver pronto a la escuela.