El gallo canta y el sol parece desesperezarse estirando sus primeros rayos sobre el cielo aún oscuro de la comunidad de Tabuga en Jama, Manabí. Son las seis de la mañana y en una de las pequeñas casas –construidas con lo que quedó en pie tras el terremoto del 16 de abril: bloque, maderas, planchas de eternit o simplemente plástico– Ana Karina Puertas, de 11 años, se prepara para ir a estudiar en uno de los espacios educativos temporales habilitados por UNICEF, en apoyo al Gobierno de Ecuador.

Al igual que a los 250.000 niños afectados en Manabí y Esmeraldas; el terremoto de 7.8 golpeó la vida de Ana Karina: se llevó a algunos de sus familiares, destruyó su casa y su escuela quedó en ruinas. Su abuela, Ana Campos, pensó que sus nietas no volverían a estudiar. Pero ahora, peina a su pequeña Ana Karina, le da la bendición y la ve irse cada mañana con su mochila en su espalda.

“Le doy gracias a Dios y a las personas que tuvieron ese buen corazón. Sin esta alternativa, ¿cómo estudiarían?”, dice la abuela y comenta que ahí los niños están muy bien porque son espacios seguros.

En Tabuga, las aulas temporales funcionan bajo unas enormes carpas blancas. Hasta ahí van cerca de 200 niños, niñas y adolescentes a diario. Adentro, sentados en sus pupitres, los niños y niñas vuelven a pensar en números y letras y se olvidan poco a poco de la catástrofe. En los exteriores, realizan las actividades de cultura física y vuelven a reír y jugar en los recreos. En estos espacios educativos, que les acogerán hasta que sus escuelas estén reconstruidas, los niñez de Jama a vuelve a tener la posibilidad de construir su futuro.