Desde que le ocurrió un milagro, una joven riobambeña decidió unirse a UNICEF Ecuador para llevar esperanza a los niños que más lo necesitan.

Un auto cerró el paso a Isabel, que caminaba junto a su hermano, cerca de su casa ubicada en el norte de Quito. Un grupo de hombres armados se bajó del vehículo; algunos rodearon a Isabel mientras otros inmovilizaban a su hermano. De pronto apareció una señora con un perrito y como por un hechizo los hombres quedaron congelados. “¡¿Qué está pasando?!”, dijo sorprendido el hermano de Isabel. “Solo corre”, contestó ella. Ambos escaparon y asumieron que acababan de vivir un milagro.

Sucedió hace tres años y, desde entonces, Isabel –prefiere no relevar su nombre completo, ni aparecer en fotografías–, que hoy tiene 31 años, decidió conocer más de esa mano invisible que hace posibles los milagros. Ella no sigue ninguna religión o rito. Pero sobre una mesa, en el pequeño departamento donde vive, hay dos muestras de esa búsqueda que ha emprendido a través de la lectura y la meditación: “La Biblia” y “Susurros de la eternidad”, libro del gurú hinduista Paramahansa Yogananda.

Para UNICEF, Isabel es como esa mano invisible que hace posible lo imposible. Además de aportar 10 dólares mensuales desde 2017, cada cierto tiempo realiza donaciones que suman más de 3.000 dólares. ¿Por qué lo hace? “Siempre quise ayudar a los niños que más lo necesitan, a los que lustran zapatos en lugar de jugar o estudiar, pero sé que darles dinero en las calles no sirve de nada. Por eso elegí a UNICEF, una organización seria y en la que confío. Mi deseo es que los niños tengan las mismas oportunidades que tuve yo”, dice Isabel, quien nación en Riobamba y vino a Quito para estudiar electrónica.

“Donar no te da escasez sino abundancia. Desde que dono a UNICEF nunca me ha faltado dinero, al contrario. Ahora donar es parte de mi vida y me hace sentir feliz”, comenta Isabel. Ella, que trabaja como consultora independiente brindando herramientas tecnológicas y software a empresas, aconseja: “Dejemos de estar tanto en redes sociales publicando mensajes de que hay que ayudar a los niños y pasemos a la acción: hagámoslo”.

La generosidad de Isabel, como la de todos nuestros amigos y donantes, es la mano que sostiene la esperanza de una vida mejor para la infancia.

 

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