No todos los adultos conservan juguetes. Aunque estén destinados únicamente a exhibirse, esos juguetes siguen teniendo en su esencia el potencial del juego: salir de la rutina, divertirse sin preocupaciones y, sobre todo, imaginar. Es una mañana de martes, Juan Fernando Ponce, gerente general de Planet Assist, no lleva corbata y hay en sus ojos una luz que es más común en los niños o en la mirada de quienes aún creen que todo es posible. En el estante frente a su escritorio no hay textos ni documentos, sino juguetes: una colección de autos entre los que llaman la atención un Batimóvil y el fantástico escarabajo Herbie con su característico color blanco y el número 53. Ahí, en su oficina ubicada cerca del Estadio Atahualpa en Quito, Juan Fernando nos cuenta cómo fue que se convirtió en el donante decimotercero del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia –UNICEF–.

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Fue en 1998. Recuerda que en ese tiempo compraba las tarjetas navideñas de UNICEF y cuando sacó su primera tarjeta de crédito le llegó un cupón con la propuesta de donar mensualmente a esta organización. Desde ese momento se volvió un amigo incondicional de la niñez y la adolescencia del Ecuador y el mundo. Su solidaridad es constante y no se guía por fechas ni condiciones. “Siempre es importante ayudar a los demás. La mayoría de gente lo hace en Navidad, una vez al año. Ese es un concepto con el que no estoy de acuerdo. Creo que uno tiene que aportar con lo que pueda, aunque sea poquito, pero permanentemente porque hay gente que lo necesita y lo necesita todo el tiempo”.

Para Juan Fernando, dar a quienes menos tienen es una responsabilidad que todos deberían asumir. Darse cuenta de las injusticias y las desigualdades de la sociedad le despertó la consciencia y decidió colaborar con la población más vulnerable: los niños, niñas y adolescentes. “Los niños se merecen todas las oportunidades del mundo para que puedan dar sus propios pasos y tomar sus propias decisiones”.

¿Qué le aporta donar a su vida? “Es una satisfacción personal porque significa seguir los principios que uno tiene. Cuando comencé a trabajar a los 17 años tenía el afán de tener carro; después, un departamento… Tengo las cosas que he querido tener y eso no me ha llenado por completo. La ilusión de tener algo nuevo pasa rapidísimo. Pero lo que a mí sí me ha perdurado es saber que he aportado con la gente”, dice Juan Fernando quien además ha hecho labor social en África, donde apadrinó a 20 niños.

“Si todos dieran lo que puedan dar, la realidad sería diferente. No se trata de dar grandes cantidades de dinero sino de ser persistentes y constantes en la ayuda. Así sea pequeñísimo, ese valor va a cambiar una gran realidad si lo hacemos todos. Si pensamos en cuánto desperdiciamos cada día en cosas innecesarias o en comida que desperdiciamos, son al menos 10 ó 15 dólares al mes. Si aportan esa cantidad a quienes realmente necesitan, no les afectaría, pero les permitiría cumplir con una obligación que la sociedad exige, porque las diferencias son enormes y eso no está bien. Hay que ponerse a pensar en cómo quisiéramos que nos traten, si estaríamos en esa situación de necesidad, y cómo debo tratar a quienes hoy lo necesitan”.

Juan Fernando es de esos adultos que aún tiene juguetes: Él imagina un mañana más justo para la infancia y lo construye con su colaboración permanente. Y tú, ¿nos ayudarías también a lograr el sueño de un mundo mejor para todos los niños y niñas?

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